sábado, 17 de marzo de 2012

Filtro.

Hoy no tengo filtro. Hoy mi alma es colador. Consciente de ello me alejo de ti lo máximo posible. Te esquivo en clase, pasillos, te esquivo en sueños. Mi mayor miedo son tus ojos, los evito como la muerte. Mi ser está ahora a años luz de tu cuerpo, hoy parece que lo he conseguido, ya nada malo puede pasar. 
Eres mi cicatriz. Situada en un lugar muy visible para mi, invisible para el resto. Llevo días evitando tocarla. Pero esa sangre seca me incita, quiero sentir su superficie aspera e infectada en mis manos, quiero rascarla. Sabía lo que iba a pasar, caería en la tentación, volvería a salir sangre y vuelta a empezar, siempre es lo mismo. 
Pero aquella vez fue diferente. La sensación fue cálida, dulce, la cicatriz ardía pero no escocía, enrojecía pero no se irritaba. Puede que me esté volviendo inmune contra este dolor, o peor, puede que mi cuerpo se esté acostumbrando a él y lo admita ya como algo normal, incluso placentero. 
Miro la cicatriz y sigue ahí, miro al frente y estás tú, observando como resbala la gota de sangre por mi piel y cae al vacío, colisionando en tu zapato. Lo miras, me miras, te limpias y te vas. Y en esa fracción de segundo volvió a pasar, volví a encontrarme con tus ojos. Llevan una pistola. Ahora soy yo la que cae al vacío, la muerte me ha encontrado y no puedo escapar, estoy herida. Sin pensarlo dos veces, tus ojos disparan. 
Y así, muerta en vida una vez más, recojo mis pedazos y hago recuento de las heridas de bala que llevo encima. Que no son pocas.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Catorce años.

El cielo está tan alto que no entiendo cómo, alzando la mano, me da la sensación de que casi puedo palpar las nubes con las manos. Si cierro los ojos puedo hacerlo, son humo, no son densas como las dibujaba en mis comics, como algodón de azúcar. Son aire que se desvanece en mis manos como el vaho que desprende mi cuerpo. El cielo es poderoso, parece inmutable, como si estuviera más allá del tiempo. Supongo que por eso algunas religiones asocian el cielo con la eternidad. La niñez... también es eterna. Nadie llega jamás a hacerse adulto, el niño que fuimos sigue existiendo en nosotros. Todos somos conscientes de ello, algunos lo esconden, los considerados personas racionales, otros lo dejan libre y se exponen al riesgo de ser considerados locos, raros, retrasados. La niñez es como este cielo. La mayoría de las personas pensamos que con el paso del tiempo y la experiencia hemos crecido y madurado, pero la edad adulta no es más que un obstáculo, una imposición social que frena el espíritu libre del niño. Ahora, consciente de todo esto, vuelvo a vivir mis catorce años y descubro cosas que antes había dejado pasar sin darme cuenta.

sábado, 21 de enero de 2012

Mundos de mentes

-Antes de que te permita entrar en mi mundo, debes aprender algunas cosas básicas y pensarte bien si quieres entrar o no, pues una vez dentro no podrás salir.
-¿Nunca?
-Jamás. Ninguno de los que ha entrado lo ha conseguido. Aunque quién sabe, tú podrías ser la excepción.
-Estoy dispuesto a correr el riesgo.
-Está bien, primero tres reglas básicas: maría, licor 43 con batido de chocolate y pornografía, las tres únicas drogas que han de entrar en esta casa. Segundo, no quiero ver nada que tenga que ver con religiones, en especial con la cristiana. No se te ocurra traer una Biblia a casa, no me gustan las historias de ciencia ficción. Tercero, deberás cambiarte ese nombre que tienes, Abelardo, parece que tengo un novio de 72 años...
-¿Por qué?
-No me gustan los ceros ni los unos, son números que evito siempre que puedo. Pero eso no son normas, eso son manías que ya irás descubriendo, tengo a montones. No pongas esa cara, son excentricidades leves, inofensivas.
-En realidad me refería a por qué tengo que cambiarme el nombre.
-Porque es feo, y no me digas que no. Mira, yo te llamaría Cosme, pero sé que a lo feo también se le tiene cariño, así que abreviamos tu nombre a Abel y listo, aunque lamentablemente sea nombre devoto. Cuando quieras puedes cambiártelo. Yo me lo cambio constantemente, según mi estado de ánimo unos días me siento más Olivia, otros más Carla y la mayoría del tiempo me siento Alejandra, sobre todo los martes. No te asustes, mi nombre real lo has visto millones de veces en mi dni. Esto es algo de lo más normal, no es que tenga personalidad múltiple, son sólo distintas caras, distintos momentos de una misma persona si te suena mejor, nada más. Eso lo tenemos todos. Es más sencillo un cambio de nombre que un cambio de nariz en un quirófano. Además este va sin anestesia y se puede cambiar siempre que quieras, sin dolor ni secuelas. 
-Me gusta Cosme.
-Me alegro de que te guste. Espero que también te guste la comida japonesa, porque es lo único que tengo hoy. Ah, otra cosa que debes saber es que amo la comida japonesa, pero odio la comida china, es mi enemiga. Esto tampoco es una norma, es sólo una advertencia. Mi último novio me llevó a un restaurante chino por mi cumpleaños, nada más llegar a la puerta le dije que se me había olvidado ponerme bragas y tenía que volver a casa. Jamás regresé. Los amigos de mis enemigos son mis enemigos.
-No me gusta la comida china, ni la japonesa.
-Bueno, no tengo nada en contra de los enemigos de mis amigos, por ahora. Vamos, te llevaré a un bar que queda a tres cuadras de aquí donde sirven la comida en patines. Allí te seguiré contando. Recuerdame que te hable sobre mi hurón, sobre Nietzsche y sobre la masturbación. Son tres temas importantes que debemos tocar antes de volver a casa.
-Me gusta la masturbación.
-Me alegro de que te guste.