La loba esteparia

martes, 26 de marzo de 2013

El elefante

Hace dos noches soñé con un elefante. Fue un sueño extraño.

Un sueño en el que yo salía de mi clase de baile situada en la Alameda de Hércules, en Sevilla. Salía con mi mochila negra y me sentaba en la acera para cambiarme las puntas por los patines. Quería ir a casa. En lugar de tomar el camino de siempre, el seguro, por mitad del centro, decidí callejear sobre ruedas. 

Fue una elección arriesgada, pues el camino era una sucesión de pendientes muy inclinadas que impedían que los frenos de los patines cumpliesen su función. Sin embargo encontré la manera de no caer, colocando uno de los patines en paralelo. Así, el miedo que sentía por aquella situación se transformó en adrenalina. Cuesta tras cuesta hacía la misma técnica. Y nunca caía.

Por fin llegué a una explanada. Sí, llegué a una explanada y encontré, cruzando por una carretera, a una pareja de hindúes y a una pareja de ancianos. Los ancianos, que eran muy, muy ancianos, parecían locales. Los cuatro acababan de salir de un curso, una especie de asamblea que reunía a un grupo social todas las semanas. El hombre anciano, que se quedó rezagado en la acera mientras el resto cruzaba la calle, con un hilo de voz llamó a la anciana. La llamó por su nombre, el cual no recuerdo. Ella se volvió y el anciano le preguntó:
-Si no entrego el próximo día el ejercicio de vida, ¿me echarán del curso?
A lo que la anciana contestó:
-No, claro que no. No te puntuarán, pero no te van a echar.

Los dos ancianos se despidieron, éste de un modo mas triste que la mujer. Parecía cabizbajo, me dio la impresión de que algo malo le pasaba, incluso pensé que estaba enamorado de ella. De pronto mis pensamientos se interrumpieron, pues sucedió algo inesperado. De modo repentino el anciano se convirtió en un enorme elefante. Tan grande y tan quieto se quedó que parecía una estatua en mitad de la calle. Yo me descalcé, subí a él y acercándome a sus enormes orejas le dije:
- Vamos, tan mal no ha podido ir la vida para que no quieras recordarla.
Mientras mi voz decía esto, mis ojos encontraban en su lomo varios rasguños. Algunas heridas estaban cicatrizadas, otras sangraban, recién hechas.

La noche siguiente, es decir anoche, volví a soñar con un elefante. 
Esta vez no fue un profundo y largo sueño abstracto, fue corto, fue muy real. Una mano anciana levantaba mi camiseta frente a un espejo. El espejo me mostró que tenía un elefante tatuado en el vientre, en el lado izquierdo del ombligo. Era grande, con los bordes negros y el relleno amarillo. Aparté la mirada del espejo y miré mi vientre. Ahí seguía. Anciano y amarillo, de bordes negros, con algunas heridas en el lomo. El elefante.

Escribo

Sigo esperando a que aparezca.

Solía venir por la noche, entonces yo me escapaba para verle. Por eso paso las noches de pie junto a la ventana, escudriñando con la mirada sus pasos, intentando oler sus huellas, rastreando su rostro.
Me esfuerzo por recordar que nuestro amor era un monstruo, pero el amor mata a la memoria y entonces...
Esperanza. Apenas hay pestañeos, mi cuerpo está en alerta constante.
Cuando por fin logro atisbar algo, descubro que se trataba solo del viento; el maldito viento que agita las ramas de los árboles, que hace sonar las hojas, que pasa las páginas de mi cuaderno.

Entonces escribo. Escribo sola para no morirme.
Escribo. Escribo poemas de amor para asesinar a la felicidad.

viernes, 1 de marzo de 2013

Y si

"Y" y "si" son solo tres letras, dos conjunciones, infinitos significados.
Las frases que comienzan por "Y si" son construcciones condicionales que realiza nuestro cerebro para formular o intentar autojustificar creencias absurdas, falsas esperanzas, miedos y demás situaciones que no nos atrevemos a afrontar.
Son solo tres letras. Pero juntas, pueden llegar a tener mucha fuerza y causar un gran dolor, un enorme desamparo.
Y si...
Y si...
"¿Y si esta vez te quedaras?" te dije, mientras recorrías mi vientre con la yema de los dedos y mirabas, sin ver, la televisión.
No contestaste. Te limitaste a sonreír.
De mis ojos brotó una lágrima que no viste. No la viste porque estabas mirando, esta vez con mayor atención, el reloj. Cuando conseguí reponerme ya estabas con la maleta en la puerta del hotel. Te despedí como siempre, con un beso. Y, como siempre, tú pensaste que nos volveríamos a ver.
Pero allí terminó todo. Acabó aquel extraño amor lleno de desencuentros, de dudas, de creencias absurdas y falsas esperanzas.

Consecuencias

Esto ni es nuevo ni es casualidad, ya me había pasado muchas veces, pero nunca tan fuerte como ahora.
Había estado jugando con aquello como si no fuera conmigo, probando de aquí y de allí sin decantarme por un camino fijo. Así vivía bien, creía que así no me perdía nada. Pero después de probar reflexionaba, comprobando que había perdido más de lo ganado. Pensaba en las personas que había herido, en las que me habían abandonado. En las emociones que no volvería a sentir jamás.
Cuando llegaba a mí una nueva oleada de opciones sentía que era inevitable volver a caer en el error. Si veía que podía aspirar a tenerlo todo, elegir no estaba entre mis opciones. A partir de ese momento, pasara lo que pasase y sintiera lo que sintiese, todo lo que sucedía encauzaba siempre un camino que volvía al mismo punto de partida: yo. 
Así pasaron los años, hasta que lo encontré. Tan imperfecto como yo, tan doloroso como yo, y el 'yo' desapareció. Nunca sabrá cuánto, pero lloré por él. Me enamoré de una persona loca y enloquecí. Pero ya era todo demasiado, demasiado dolor el que yo y mi pasado habíamos causado... Demasiado tarde, demasiado para comprender el buen amor.