La loba esteparia

viernes, 15 de febrero de 2013

Infinitos

Era una chica tonta más bajo el sol. Una de esas que se toca el pelo constantemente y mira distraida al mundo, mira pero no ve. Ese día llevaba unas gafas de sol horribles, de esas de pasta que se llevan ahora. 
Las odio.
Sé que odiar son palabras mayores, mi abuela me lo enseñó tres meses antes de morir. Por aquel entonces ya vivía en casa, pero conservaba su habilidad para elaborar repugnantes potajes de garbanzos. "Odiar son palabras mayores, no puedes usarla para referirte a cualquier cosa que no te guste, a no ser que sean personas que te han hecho mucho daño a ti o a tu familia", decía; tras esta flaca aportación miraba al techo con semblanza gris, resoplaba y, recobrando el tono rosado en sus mejillas, me devolvía la mirada acompañada de una espléndida sonrisa de unos siete u ocho dientes. Todo esto lo hacía sin dejar de servirme potaje.
Así aprendí a sustituir la palabra 'odio' por 'asco', pero no sirvió de nada porque seguí comiendo potaje y, además, conseguí el plus de las collejas de mi madre, que por aquella época había desarrollado una extraña necesidad de confrontación física constante con cualquiera que se le cruzase por delante. Así, mi madre justificaba su violencia irracional con mis comentarios inmaduros, propios de la edad.
Mordía el cable de los auriculares y parloteaba con sus amigas sobre una tal nosequé que se creía muy nosecuánto cuando pasé por su lado. No sé si fue sin querer o queriendo, pero elevé el pié más de lo normal para levantar un poco de tierra y lo giré levemente a la derecha, dejando caer la arenisca sobre ella. Acababa de embadurnarse en crema y la arena formó una placa perfectamente opaca sobre su pierna.
De pronto lo vi.
Incapaz de articular palabra, preferí actuar. Ante el inquietante rostro de estupefacción de sus amigas, me incliné sobre ella y dibujé con la arena de su pierna una flecha hacia el mar.
La flecha indicaba una única dirección.
Sigo intentando entender que fue lo que me llevó a hacerlo. Cuando ella se levantó de su letargo, recuerdo coger su mano y dirigirnos corriendo hacia el mar. Con ropa, qué más daba. Pasó. Y yo estaba allí, mirándola. Era tan hermosa. Conseguimos escapar por un momento de las convenciones sociales, de la monotonía. Actuando por instinto, por puro amor hacia una acción, conseguimos, solo por un momento, sentirnos realmente vivos. Sentirnos infinitos.

martes, 5 de febrero de 2013

Evasión

Una bocanada de humo denso salió de sus labios. 
La más bella de todas, la intocable. 
La humareda se escapó entre sus dedos y el aire de invierno hizo que llegara a mi, en forma de nube blanca. Solo ella era capaz de convertir el veneno en pureza. Respiré hondo ese humo, consciente de que sería lo último que me llevaría de ella. Los dos esperábamos en silencio la llegada del tren, ella volvía a su ciudad, yo solo estaba allí para verla marchar. Fue entonces cuando volví la vista atrás, cinco años antes de este ahora, cuando la acompañé por primera vez a la estación.
La llegada del tren levantó su falda, que se movía libre al ritmo del viento. Ella deslizó su mano para sujetarla. La admiré por unos segundos, observando cada movimiento. Hermosa inocencia. La envolví en un profundo beso segundos antes de que el tren partiera, el mismo tren que me la traería tres días después, devolviéndome el equilibrio.
Esta vez su marcha escapaba a mi control, si hubiese querido retenerla no habría podido. Era inevitable. Y, si hubiese tenido esa oportunidad, ni si quiera sé si la pararía. La retención iba contra su naturaleza, si la encerraba conmigo acabaría rebelándose tarde o temprano, reclamando más independencia que nunca. Necesitaba ser libre o de lo contrario moriría, moriría por dentro como estaba muriendo ahora. Era algo que nadie alcanzaba a comprender, solo yo. Era el único privilegio, la única maldición que me hacía sentirme más cerca de ella que el resto de los mortales. Aunque por fuera siguiera hechizando a los que la rodeaban, inconsciente ella misma de su magnetismo, por dentro era un grito encerrado, frío, que no tardaría en estallar.
Y no quería estar ahí cuando eso sucediera.
Llegó el tren. El viento no pudo contra sus pantalones y su pelo recogido. Nada mágico sucedió esta vez. Frío y breve fue su beso. La despedida más glacial.
Y se fue. Ya está, ya hay paz.