La loba esteparia

martes, 26 de noviembre de 2013

Entre las nubes.

Hay que ser un artista o un loco para distinguir entre todas las mujeres al diablillo mortífero.
Allí está, no reconocida por los demás e inconsciente ella misma de su fantástico poder.
Toda persona que ha querido acercarse a ella ha sido repudiada. Lo simple no le atrae y a las palabras ingeniosas que lo único que hacen es favorecer el sarcasmo superfluo y prefabricado no les atribuye el más mínimo valor.
A ella lo único que le atrae es lo prohibido, pero su llamado no es oído por nadie salvo por aquel que lo espera y que lleva escuchándola mucho tiempo.
Desde hace un año nunca habla, su pensamiento es mucho más amplio que sus palabras y no se permite desperdiciar su voz en asuntos triviales. Sí ama escuchar, escuchar hasta el más estúpido de los comentarios, pues de cada tema que atiende sabe descodificar los más profundos significados, los cuales ni si quiera su emisor se atrevería a emitir de manera consciente.
Ahora está muy sola, le gusta sentarse sola y que nadie la moleste. Estoy a tres metros de ella. Y podría quedarme ahí, mirándola toda la tarde. E incluso si la suerte está de nuestro lado, podría mirarla toda una vida.
Pero no. Ella no es como las demás a pesar de que se esfuerza por aparentarlo. Ella es violenta y tierna. No es de uniones eternas, pero se entrega como si hubiera sólo un día para amar.
Hay que ser un artista o un loco para distinguir entre todas las mujeres al diablillo mortífero.

domingo, 24 de noviembre de 2013

El sol se va.

Como el gorrión que sale de su pequeña cueva y pestañea varias veces hasta poder dirigir su mirada directamente al sol, así me entrego yo. A tientas ando hacia él, siguiendo el rastro de su calor que se siente en la piel como la vida misma.
Quiero aprovechar los últimos momentos contigo.
Abofetéame en la cara. Hazme daño. Haz que arda y que duela.
Ya empieza a incendiar mis pantalones de cuero, empieza a calcinar y a provocar mis ganas de desnudarme en plena calle.
Que me haga reír.
Que me confunda y me desoriente.
Que me haga pensar en mundos muertos, amenazas medioambientales y cohetes hacia Marte llenos de políticos y acomodados que una vez más abandonan al resto.
Ya quema demasiado, siento calor y frío y ambos me hacen daño. Necesito alejarme de ti antes de que me consuma tu mundo cálido y sin retorno.
Pero es entonces cuando me coges fuerte del cuello con tus largos dedos incendiarios y me dices que no puedo huir porque lo nuestro es amor, amor y muerte.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Desorden.

El fin de semana del adiós, el comienzo de la perdición. 
Un ejercicio hacia las profundidades de la estupidez. 
Un esfuerzo por fingir el olvido manifestado en un sinfín de errores cometidos y aún por cometer.
Días y noches consumiendo otras vidas, otros sueños. Alimentándome de lo que no me pertenece. Lo hago buscando la manera de matarla, enterrarla en el centro de la Tierra rodeada de hierro y uranio, a más de seis mil grados de temperatura y que jamás salga de ahí. Poder decir que ya no está, que ya no existe, que ya no importa.
La conducta acelerada me mantiene viva, actuar y no pensar, una y otra vez, que mi cuerpo y mi mente coman hasta la saciedad, hasta que sienta la necesidad de meter mis dedos hasta la garganta para sacar de mi tanta insensatez, demencia, desconocidos. Miedos.
Mi existencia ahora se basa en las noches que no tienen principio ni tendrán fin. En la más grave y oscura adicción a la que vuelvo sin culpas, la única residencia alterna a sus brazos.
No entres. Todo es desorden. Mi vida ya no espera una visita nunca más.