domingo, 17 de octubre de 2021

 Hoy vi Chocolat. Hacía casi veinte años que no la veía, solo recordaba el aura (impostada en posproducción) de Vianne, a Josephine cada vez más guapa, a los "piratas" de río, las capas rojas, el plato maya girando...

Y recuerdo que, cuando era pequeña, yo veía en el plato de Vianne animales y niños jugando. Veía diversión.Vivir en el maravilloso y peligroso mundo de la imaginación no es algo que se elige, es algo con lo que se nace. Y se potencia o no. En mi caso, por suerte para mi infancia y por desgracia para mi adultez, se potenció.

La mirada de una niña que ve Chocolat es muy distinta a la de una mujer. Creo que hoy puse la película por un impulso lleno de nostalgia. Porque era la película favorita de mi madre, aunque decía lo mismo de Tomates verdes fritos, y también porque recordé cómo se me caía la baba con las escenas en la chocolatería. Casi podía oler el chocolate caliente que movían en las ollas y que servían en tazas preciosas. Quería ser Josephine y colarme a robar bombones y también quería ser pirata y que mi casa fuera un barco. Quería volver a esa sensación de goce y libertad.

Y, por un momento, volví a sentirme libre y protegida, volví a casa. Y eso es lo maravilloso. Lo peligroso viene después, cuando todo acaba, cuando vuelves al sofá de casa y no eres ni Josephine ni pirata, ni vives con tu madre ni rodeada de chocolate, y tampoco tienes un plato maya o un viento del este que te diga qué hacer, a dónde ir, qué dejar atrás para poder avanzar. Vivir en el maravilloso y peligroso mundo de la imaginación no es algo que se elige. Es una marca de nacimiento con la que convives para siempre.


miércoles, 26 de mayo de 2021

Soltar

 Se aprende mucho de observar. De mirarnos por dentro pero también de mirar hacia fuera de forma reflexiva. Y después de mirar, ver, porque si no ves no sirve de nada. La ceguera es la mayor lacra de este mundo.

Hoy tuve un cosquilleo y vi que algo negro bajaba por mi brazo: una hormiga. Podía cogerla y soltarla en cualquier sitio o podía seguir su rastro para averiguar desde dónde había subido y dejarla en su lugar de origen para que emprendiera de nuevo el rumbo hacia un destino más fructífero que mi antebrazo desnudo.

Hice lo segundo.

Busqué a mi alrededor y me fijé en un enorme hormiguero del que salía y entraba un reguero de trabajadoras en fila, corriendo en doble sentido, como los coches en las grandes avenidas. Las que se dirigían hacia el hormiguero iban todas cargadas con piedrecitas; las que salían, recién descargadas, lo hacían para buscar la siguiente piedra, su siguiente objetivo. El modo en que realizaban su trabajo, perfecto, rápido y efectivo, me pareció casi robótico. Una única tarea, un único fin: aportar para mejorar la comunidad.

Entre tanta carrera sin tregua, mi mirada se detiene en un punto negro que no se mueve: es una de las hormigas, que trata de cargar con una piedra que dobla su tamaño. No sé cuántos minutos la observo mientras trata de mover la piedra sin éxito alguno, pero siento que para ella ese tiempo podría contar como horas, meses, media vida tal vez.

Me doy cuenta de que la miro con esperanza, que la veo esforzarse tanto y ponerle tantas ganas que, pese a que parece una tarea imposible, no pierdo la fe. Mientras, decenas de hormigas se cruzan con ella, ignorándola, llevando su carga y siguiendo su camino. No la critican o la juzgan, no la animan ni la ayudan, simplemente la dejan hacer.

Observo, además, que mi tozuda hormiga es de las más pequeñas del grupo, y que ni siquiera las más grandes cargan con piedrecitas como la que ella pretende arrastrar hasta el hormiguero, para el que le queda un largo camino desde donde está. No sé cuánto tiempo ha pasado ya desde que la observo, pero no se ha movido ni un ápice; a veces suelta la piedra un segundo y parece que se va a dar por vencida, pero coge fuerzas y aliento y lo vuelve a intentar. Es incansable.

¿Por qué lo hace? ¿Pretende demostrar algo? ¿Por qué no se fija en lo que hacen las grandes, las expertas? ¿Es la única hormiga que no nació con ese microchip de servir siendo útil? Me bombardean las preguntas. No tardo mucho en sentirme identificada con esa hormiga. A lo mejor lo hice desde el principio pero me lo digo ahora, cuando veo lo cabezona que es, cuando veo cómo ignora la realidad que le rodea y se enfoca solo en una cosa, en esa cosa que es imposible, que es demasiado para ella pero ella no lo sabe, porque siempre consigue lo que se propone y no se rinde nunca.

Pero esta vez no. Esta vez se tiene que rendir.

Y le cuesta reconocerlo, pero al final lo hace. No me despegué de ella hasta que lo hizo. Soltó la piedra y dio unos pasos atrás. Sus compañeras, rápidas y decididas, seguían cruzándose con ella, que ahora estaba aturdida, moviéndose de un lado a otro sin saber a dónde ir.

Dio varias vueltas sobre sí misma antes de perderse entre aquella carretera de doble sentido.

Os juro que la vi triste y abatida.

Y que lloré con ella.

lunes, 8 de febrero de 2021

Flotación

Han pasado quince años desde que dije por vez primera que quería aprender tocar el piano.

Fue cuando escuché Claro de Luna de Beethoven sola en casa. Me sentí dentro de aquellas notas, sostenida sólo por un pentagrama blando pero estable, que te sujeta suave y te crea una falsa sensación de suspensión en mitad de la más absoluta nada.

Hoy he aprendido a tocar la canción. Quince años más tarde, vuelvo a tener la misma sensación. Sólo que ahora soy yo la que sostiene lo insostenible con una delicadeza y una seguridad que jamás he llegado a desarrollar antes. No entiendo cómo me siento yo y, al mismo tiempo, no. Las notas en mi cabeza se han transformado en gotas, y los dedos van, sin atender a ninguna orden, a servir de reposo. Cierro los ojos y floto.

El corazón palpita demasiado rápido. Yo me siento libre de cualquier emoción y al mismo tiempo las quiero abarcar todas, porque esta libertad no me libera sino que me vacía, y trato de sentirlas pero sólo las atrapo y quedan ahí, suspendidas en el aire que me rodea y en mis dedos, como motas de polvo que con un viento suave irán a parar a cualquier lugar: el sofá del salón, la encimera de la cocina, la escalera; lugares que frecuento y donde nos volveremos a encontrar, yo y esas motas, que me esperan pacientes a que las visite por sorpresa, a que pase por ellas, a que me siente un ratito, a colarse por mi ropa.