lunes, 8 de febrero de 2021

Flotación

Han pasado quince años desde que dije por vez primera que quería aprender tocar el piano.

Fue cuando escuché Claro de Luna de Beethoven sola en casa. Me sentí dentro de aquellas notas, sostenida sólo por un pentagrama blando pero estable, que te sujeta suave y te crea una falsa sensación de suspensión en mitad de la más absoluta nada.

Hoy he aprendido a tocar la canción. Quince años más tarde, vuelvo a tener la misma sensación. Sólo que ahora soy yo la que sostiene lo insostenible con una delicadeza y una seguridad que jamás he llegado a desarrollar antes. No entiendo cómo me siento yo y, al mismo tiempo, no. Las notas en mi cabeza se han transformado en gotas, y los dedos van, sin atender a ninguna orden, a servir de reposo. Cierro los ojos y floto.

El corazón palpita demasiado rápido. Yo me siento libre de cualquier emoción y al mismo tiempo las quiero abarcar todas, porque esta libertad no me libera sino que me vacía, y trato de sentirlas pero sólo las atrapo y quedan ahí, suspendidas en el aire que me rodea y en mis dedos, como motas de polvo que con un viento suave irán a parar a cualquier lugar: el sofá del salón, la encimera de la cocina, la escalera; lugares que frecuento y donde nos volveremos a encontrar, yo y esas motas, que me esperan pacientes a que las visite por sorpresa, a que pase por ellas, a que me siente un ratito, a colarse por mi ropa.

jueves, 18 de octubre de 2018

Con amor.

Querido Cosmos,

He corrido con los lobos.
He sido fiera y he sido mansa.
He sido diosa.
He sido mortal.
He caído al lodo.
Me he levantado.
He recaído
y me he vuelto a levantar.

Dime, querido Cosmos,
quién me toca ser ahora.

Si Atenea o Pandora,
si driada, valkiria o sirena.
Si buena o mala.
Si otra o yo.

De tu escoria, con amor.

jueves, 14 de junio de 2018

La espera.

Confieso que dudo de mis actos, ignorancias y tinieblas.
Que me siento ajena a mi propia identidad,
siendo ella la titiritera que en la sombra sostiene mi peso,
a veces ligero,
a veces muerto.

Pero ayer mi alma era pluma.

Me senté frente a él,
pensé,
hablé,
reafirmé mi existencia.

Le habría hecho sentir el vacío de la nada
si no hubiera actuado como él esperaba,
como marca el sistema.

Quién es él.
Por qué quiere mi luz.
No puedo leer su voz,
no parece asustado de su propia existencia.
Dudo de la transcendencia
que tiene la presencia efímera
que intento proyectar.

Ahora vivo en pausa.
Esperando un segundo encuentro,
el siguiente asalto.





viernes, 9 de marzo de 2018

Herida transitoria.

Las cosas muy bien, no van. Lo sé porque empatizo con personas que han pasado por crisis existenciales, porque engullo las neurosis de Kafka y porque me harto de John Coltrane por las noches. Y con eso lleno mi alma, a base de tinta negra, tragedia y luna. 

No me enseñaron a seguir una orden sin cuestionarla primero, no me inculcaron la jerarquía ni me dictaron las normas del juego. Crecer fuera del tablero es crecer feliz, es crecer libre. Pero la invulnerabilidad no dura para siempre, obviar las instrucciones es arriesgado. Y sin preparación ni advertencia, la hostia del método impuesto duele más.

Pero ningún régimen es infalible, y quien roza mi cara atraído por la idea de controlar al animal cae derrotado nada más rozarme con la yema de sus dedos. Porque nuestra especie no tiembla, porque crecimos fuertes, ajenos al miedo, cuestionando la verdad desde sus cimientos hasta hoy.

Las cosas bien, no van. Pero cambiarán. Y meteré al escarabajo en ese maldito tren azul.