La loba esteparia

lunes, 11 de octubre de 2010

El señor del castillo

Me mudé con tres años, al poco tiempo de nacer mi hermana y recién estrenado el aumento de mi padre. Fuimos a parar a un piso nuevo del barrio de La Fuensanta, bastante extravagante, dejando atrás una casita muy pequeña que mis padres habían estado alquilando en La Viñuela.
Yo empezaría preescolar a los pocos meses. Mi madre me llevó a un estudio fotográfico, situado justo debajo de nuestro nuevo piso, para hacerme las fotos de carnet. La inocencia de la temprana edad de cuatro años junto a la gran imaginación heredada de mi abuela hicieron que aquella tienda a mis ojos se convirtiera en un palacio pequeñito, en el castillo que todas las noches aparecía en los cuentos de papá. La puerta principal ya dejaba entrever sus techos infinitos, sus puertas enormes, las paredes de piedra (mi ilusión óptica era más poderosa que aquel papel tapiz) y una lámpara enorme que colgaba del techo, muy alto, dejando caer cristalitos en forma de rombos que se reflejaban en el cristal del escaparate proyectaban los colores del arcoíris por toda la habitación.
Pero no fue esto lo que más consiguió llamar mi atención. Al fondo de la tienda, tras el mostrador, había un amplio arco con una cortina de terciopelo rojo. Pensé que allí se encontrarían los aposentos reales. De aquellas cortinas es de donde salió el señor del castillo. Nada mas verlo comprendí la exagerada altura del techo y el tamaño de las puertas, aquel hombre era dos veces más grande que cualquier ser humano. "Sin duda debe tratarse del rey", pensé.
- Parece que tenemos aquí una pequeña princesita dispuesta a que la retrate- dijo el rey, tendiéndome la mano.
Me solté de la mano de mi madre de inmediato para agarrarme a su manaza, que me pareció la de un gorila, pero sin tanto pelo. Mi cuello tuvo que estirarse mucho, colocando la vista en dirección al cielo, para poder mirar al señor que me llevaba hacia las cortinas. Él ya me estaba mirando cuando yo lo conseguí, con una amplia sonrisa sin llegar a enseñar los dientes y con los ojos casi cerrados, pero no del todo, permitiendo atisbar cierto brillo infantil en ellos.
Cuando volví a cruzar las cortinas para volver al lado de mi madre ya no era la misma, aunque a veces pienso que no volví a ser la misma desde que entré por la puerta principal de aquella tienda. Ahora, algunos fines de semana vuelvo a Córdoba para visitar a mis padres, y la parada del autobús me deja justo en frente de la puerta principal de la tienda. Muchas veces me la encuentro cerrada, y solo le echo un vistazo rápido antes de seguir mi camino. Pero cuando está abierta, él siembre está ahí, tras el mostrador, con unas gafas grandes de finas monturas de oro que protegen unos ojos viejos, cansados, a veces incluso tristes, pero siempre casi cerrados, no del todo, permitiéndome atisbar, incluso a gran distancia, cierto brillo infantil en ellos.

4 comentarios:

Marcos Y. Jiménez Hidalgo dijo...

La infancia, el reino donde nunca nada muere... Es preciosa esta entrada Sara, recuerda a esos relatos que escribía Ruiz Zafón en la Sombra del Viento o Marina, viajes al pasado cuando todo nos parecía majestuoso y siempre sabíamos que mañana habría otra historia que contar.

Yo también guardo mis recuerdo de pequeños rincones, lugares que ahora son polvo muchos...

En fin... Me ha encantado =)

ZiZoU dijo...

Simplemente genial, cada día mejor escritora, no abandones nunca el blog!!!

Mond dijo...

Holaaa

He visto tu comentario con el enlace al blog en el tuenti de "Rincón Escritores Dos" y me he decidido a pasarme, me ha llamado la atención lo del sabor a colacao calentito, que con el frío que tengo...jeje.

Vas a marcadores y ya me pasaré por aquí, sigue esribiendo :)

Kaelon dijo...

muy bien curtido y lleno de originalidad para contar tu propia historia :D